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“¡Pueblo mío!”, clama el Señor
El zumbido del viento estremece la tierra, las montañas y los
mares, y, como de costumbre y al finalizar el día, se escucha la
voz del Pastor llamando a sus ovejas. La vibración de su voz
llega desde muy lejos; aun así, se percibe el eco que, como un
trueno, retumba en el firmamento.
El sonido inquietante de la voz de Dios, enmudece a las gaviotas
y paraliza a las fieras.
Sin embargo, el ser humano no siempre escucha las exhortaciones
del Señor. Se pierde en el aire su gemido y en los confines del
mundo se amontonan sus palabras, sin que se advierta en el aire
su clamor entristecido.
Están sordos los presumidos, los malvados y los farsantes.
Insensibles se encuentran los que ignoran la melodía del Justo y
desconocen la sonata del Amado.
La gente no quiere sintonizar sus oídos con el mensaje de
esperanza que proviene de Dios. Se han quedado sordos los ricos
y los altaneros se han ido de fiesta. Los pobres, se han hecho
más pobres; y los desdichados se pierden en la tribulación y la
injusticia.
Para aquellos que se desconectan del cantar del Mesías, el mundo
será más oscuro y el resplandor del sol desaparecerá al toque de
la indiferencia. El desmemoriado resbalará por su propia
falsedad y, sin levantar el rostro, caminará por la senda
empantanada. La cabeza del ausente no se empinará mirando al
cielo, porque desconoce que el esplendor de Dios es más poderoso
que su propia conciencia.
Dice la Palabra de Dios: “La tierra ha sido profanada por sus
habitantes, porque han dejado de cumplir las leyes, han
desobedecido los mandatos, han violado la alianza eterna”
(Isaías 24:5).
Sin embargo, la voz del Todopoderoso continúa trasmitiendo su
fiel legado por lejanas colinas y bulliciosas calles. De extremo
a extremo llega su Palabra, arribando a los oídos de quienes
desean escucharla. La corona del Rey de Reyes se asoma como
todos los días. Su manto no se destiñe, ni se llena de agujeros
su túnica inmaculada. Su poderío no ha cambiado y su
misericordia continúa siendo eterna.
Él anuncia por doquier el mensaje de salvación para todos, y su
voz se escucha a través los mares, y en los rincones olvidados
del mundo proclama su mensaje eterno: ¡Pueblo mío, no se
desvíen de mi Palabra!... “Presten atención a mis
correcciones y yo los colmaré de mi espíritu; les daré a conocer
mis pensamientos. Yo los he llamado, los he invitado a venir
pero ustedes no han querido hacerme caso” (Proverbios 1:23-24).
El ser humano prefiere no escuchar el anuncio del Santísimo; no
quiere cantar la melodía del compositor de todos los tiempos. Ha
olvidado sus promesas bautismales y descuidado el respeto a la
Eucaristía. El mundo está lleno de maldad, de fría falsedad y de
calculada hipocresía.
Sin embargo, la Palabra de Dios nunca permanece dormida; no
sucumbe al olvido la veracidad de su mensaje. Su pregón
transciende a lo lejos, como la luz de un faro alumbrando todos
los continentes.
De extremo a extremo, la efusión de su Santo Espíritu no tardará
en reposar en el corazón del hombre. Y aunque el ser humano
ignore la música sutil e inigualable del arpa y desconozca la
celestialidad de la lira, Dios le permite entender con claridad
su Palabra, mensaje que nunca regresa vacío. Misiva de amor que
se extiende de norte a sur y de oriente a occidente, para que
toda criatura sepa que Dios es el Rey Glorioso del Universo. El
Omnipotente, el que dio a la humanidad a su Hijo, Jesucristo,
para que todos vivimos conforme a la verdad que expresan las
Santas Escrituras.
¡Despierta, pueblo de Dios! Escucha la Palabra del Señor en este
tiempo cuaresmal: tiempo de renovación personal y unidad con el
Padre que está en el Cielo. ¡Ciñanse los cinturones y restauren
su alianza con Él!… Pues el Señor afirma y grita a los cuatro
vientos: “Regresen, hijos rebeldes, pues yo soy su dueño” (Jeremías
3:14). “Desde el extremo de la tierra los hemos escuchado
cantar: ¡Honor al Justo!” (Isaías 24:16).
Reportera y columnista independiente.
Autora del libro
¡Mujer, levántate!
Noris@brisauniversal.com,
http://www.brisauniversal.com/
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