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La belleza salvará al mundo
Asistimos, en la actualidad, a una descomposición no sólo de la
moral, sino incluso de la figura humana y de todo lo que la
rodea. Hay connotaciones caricaturescas en todas las facetas de
la cultura: en el vestir, en el hablar, en el caminar y, por
supuesto, en el arte, que son un indicativo de esta tendencia
decadente. La estética, hoy en boga, pareciera poner en
evidencia el poco crédito y la poca estima que el ser humano
nutre hacia sí mismo. Lo vulgar y los grosero son la constante
de esta cultura posmoderna.
El hombre de hoy, aun cuando no confiese abiertamente su
ateísmo, de hecho vive como si Dios no existiera. Y, una vez que
Dios es apartado del horizonte vivencial humano, todos los
valores son trastocados. La primera víctima es el mismo hombre,
que pierde dignidad ante sus propios ojos y ante los demás
hombres. Ya no es considerado sujeto de derechos, titular de la
dignidad esencial que le viene de ser hijo de Dios, imagen y
semejanza del Padre, sino que se ha vuelto un objeto manipulable
y dominable, al capricho y al antojo de los que detentan el
poder y la fuerza que mueve las palancas de la política, de la
economía y de las matrices de opinión arbitrariamente creadas.
Asistimos, por lo tanto, al regreso a la fuerza bruta y a la ley
de la selva.
Nunca como hoy, con tanta alevosía, ventaja y sofisticación, el
hombre había sido “lobo para el hombre” ¡Qué absurdo que, por
querer sustraerse a la obediencia divina, el hombre se haga
esclavo de sus bajas pasiones y de los demás hombres!
¿Quién nos salvará de este abismo cultural en que ha caído la
otrora “civilización occidental”? La respuesta puede estar en lo
que dijo Dostoyevsky: “La belleza salvará al mundo”.
Amar la belleza, crear la belleza en nuestro entorno, cultivar
la belleza en el hablar, en el vestir, y expresar nuestras
preferencias frente a la avasallante embestida de la
pornografía, la chabacanería y la aberrante decadencia de
ciertos medios de comunicación, es ya preparar “el camino al
Señor”. Volver a instaurar el gusto por la belleza auténtica y
genuina es volver a Dios, que es la Belleza inmortal que da
brillo, decoro y honor a la vida humana.
El Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, dijo una vez que le
parecía peligroso aquel teólogo que no amara el arte en
cualquiera de sus formas. “Esta ceguera y sordera para lo bello
no es cosa secundaria, se refleja necesariamente en su
teología”, afirmaba. Y es que a Dios se le encuentra más con el
corazón que con el intelecto.
A Dios, “belleza siempre antigua y siempre nueva”, como dijo San
Agustín, se le conoce de rodillas con esa facultad contemplativa
que Dios mismo le ha regalado al hombre, para que ninguno quede
excluido del extático disfrute de la naturaleza, del arte en
todas sus expresiones, y de Dios mismo, que en sí resume y asume
toda belleza y todo esplendor. La belleza es sacramento de Dios.
San Juan de la Cruz dijo que Dios, al crear las cosas, “vestidas
las dejó de su hermosura”.
El hombre podrá redescubrir esa presencia de Dios sacramentada
cuando recupere el gusto por la belleza misma. Por eso la
teología está retomando hoy la Via Pulchritudinis (“el
camino de la belleza”) como camino de humanización que postula,
porque sí, la trascendencia. Recuperar el gusto por la belleza
no es solamente, entonces, un problema de estética, sino de
ética, de valores y de civilización. Es devolverle al hombre su
dignidad, para la cual ha sido creado y a la cual no puede
renunciar sin dejar de ser hombre.
El homo faber, emborrachado de orgullo por sus conquistas
tecnológicas, tendrá que aprender a hacer síntesis con el
homo sapiens y con el homo patiens para continuar
siendo hombre y no máquina, no robot inanimado, teledirigido y
manipulado por algún amo de turno.
Von Balthasar decía que los seres humanos debemos dejarnos
impactar por el resplandor de Cristo, es decir, por su belleza,
su verdad y su bondad. Dios no se reveló primariamente como
“maestro”(Verdad), ni como” redentor “(Bondad), sino como
manifestador de la Gloria de su amor trinitario (Belleza). El
mundo fue creado para gloria de Dios, pero, por sobre todas las
criaturas, el mismo hombre es gloria de Dios, Gloria Dei
vivens homo (San Ireneo). La evangelización, hoy, debe
reencontrar el derrotero de la belleza, para llevar de la mano
al hombre a redescubrir su grandeza y dignidad como Dios se las
ha donado.
mariauseli@hotmail.com
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