La belleza salvará al mundo

 María Ungredda

Asistimos, en la actualidad, a una descomposición no sólo de la moral, sino incluso de la figura humana y de todo lo que la rodea. Hay connotaciones caricaturescas en todas las facetas de la cultura: en el vestir, en el hablar, en el caminar y, por supuesto, en el arte, que son un indicativo de esta tendencia decadente. La estética, hoy en boga, pareciera poner en evidencia el poco crédito y la poca estima que el ser humano nutre hacia sí mismo. Lo vulgar y los grosero son la constante de esta cultura posmoderna.

El hombre de hoy, aun cuando no confiese abiertamente su ateísmo, de hecho vive como si Dios no existiera. Y, una vez que Dios es apartado del horizonte vivencial humano, todos los valores son trastocados. La primera víctima es el mismo hombre, que pierde dignidad ante sus propios ojos y ante los demás hombres. Ya no es considerado sujeto de derechos, titular de la dignidad esencial que le viene de ser hijo de Dios, imagen y semejanza del Padre, sino que se ha vuelto un objeto manipulable y dominable, al capricho y al antojo de los que detentan el poder y la fuerza que mueve las palancas de la política, de la economía y de las matrices de opinión arbitrariamente creadas. Asistimos, por lo tanto, al regreso a la fuerza bruta y a la ley de la selva.

Nunca como hoy, con tanta alevosía, ventaja y sofisticación, el hombre había sido “lobo para el hombre” ¡Qué absurdo que, por querer sustraerse a la obediencia divina, el hombre se haga esclavo de sus bajas pasiones y de los demás hombres!

¿Quién nos salvará de este abismo cultural en que ha caído la otrora “civilización occidental”? La respuesta puede estar en lo que dijo Dostoyevsky: “La belleza salvará al mundo”.

Amar la belleza, crear la belleza en nuestro entorno, cultivar la belleza en el hablar, en el vestir, y expresar nuestras preferencias frente a la avasallante embestida de la pornografía, la chabacanería y la aberrante decadencia de ciertos medios de comunicación, es ya preparar “el camino al Señor”. Volver a instaurar el gusto por la belleza auténtica y genuina es volver a Dios, que es la Belleza inmortal que da brillo, decoro y honor a la vida humana.

El Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, dijo una vez que le parecía peligroso aquel teólogo que no amara el arte en cualquiera de sus formas. “Esta ceguera y sordera para lo bello no es cosa secundaria, se refleja necesariamente en su teología”, afirmaba. Y es que a Dios se le encuentra más con el corazón que con el intelecto.

A Dios, “belleza siempre antigua y siempre nueva”, como dijo San Agustín, se le conoce de rodillas con esa facultad contemplativa que Dios mismo le ha regalado al hombre, para que ninguno quede excluido del extático disfrute de la naturaleza, del arte en todas sus expresiones, y de Dios mismo, que en sí resume y asume toda belleza y todo esplendor. La belleza es sacramento de Dios. San Juan de la Cruz dijo que Dios, al crear las cosas, “vestidas las dejó de su hermosura”.

El hombre podrá redescubrir esa presencia de Dios sacramentada cuando recupere el gusto por la belleza misma. Por eso la teología está retomando hoy la Via Pulchritudinis (“el camino de la belleza”) como camino de humanización que postula, porque sí, la trascendencia. Recuperar el gusto por la belleza no es solamente, entonces, un problema de estética, sino de ética, de valores y de civilización. Es devolverle al hombre su dignidad, para la cual ha sido creado y a la cual no puede renunciar sin dejar de ser hombre.

El homo faber, emborrachado de orgullo por sus conquistas tecnológicas, tendrá que aprender a hacer síntesis con el homo sapiens y con el homo patiens para continuar siendo hombre y no máquina, no robot inanimado, teledirigido y manipulado por algún amo de turno.

Von Balthasar decía que los seres humanos debemos dejarnos impactar por el resplandor de Cristo, es decir, por su belleza, su verdad y su bondad. Dios no se reveló primariamente como “maestro”(Verdad), ni como” redentor “(Bondad), sino como manifestador de la Gloria de su amor trinitario (Belleza). El mundo fue creado para gloria de Dios, pero, por sobre todas las criaturas, el mismo hombre es gloria de Dios, Gloria Dei vivens homo (San Ireneo). La evangelización, hoy, debe reencontrar el derrotero de la belleza, para llevar de la mano al hombre a redescubrir su grandeza y dignidad como Dios se las ha donado.

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