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El cajón de los milagros
Los judíos del tiempo de Jesús imaginaban al cuerpo humano como
una casa donde el ojo no sólo era la ventana por la que podía
entrar la luz, sino la lámpara que permitía reconocer todos los
rincones de la habitación interior, porque pensaban que la luz
exterior y la interior se correspondían y estaban mutuamente
condicionadas.
Relacionaban el poder ver, con la zona del pensamiento emotivo;
el espacio donde funciona la voluntad, el discernimiento, la
capacidad de juicio y el sentimiento. El ojo aparece como el
motor de una actividad que conecta la vista con el corazón y
gracias a eso el ser humano puede entender, valorar, elegir y
amar.
A la luz de la fe, la mirada se vuelve filtro de esperanza para
juzgar, desde el Evangelio, la pobre, simple y humana realidad.
Para Jesús, cuando el ojo conecta con el corazón, enciende una
extraordinaria fuente de luz que permite leer de manera única
toda realidad y todo acontecer humano. Así se entiende mejor el
por qué de la gran pregunta que asombra a todos en el sermón del
juicio final: “¿Señor, cuándo te vimos…?”
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Sobre
la fachada del Obispado de Santa Clara, la bandera cubana ondea
junto a un retrato del Papa Benedicto XVI. Cortesía de Rogelio
Zelada |
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Casi de milagro y sin haberlo preparado mucho, pude viajar a
Cuba para celebrar los diez años de la visita de Su Santidad
Juan Pablo II a la isla.
Lo primero que pude ver fue un episcopado querido y mimado por
los laicos. Padres-obispos muy cercanos a un pueblo que los
trata con afecto y respeto; que los conoce y saluda con
familiaridad.
Preocupada por los pobres, que son muchos y muy desvalidos, la
Iglesia, a lo largo de toda la isla y con las mayores
dificultades imaginables, hace funcionar de milagro cientos de
comedores para los ancianos que no tienen ningún familiar que
les apoye económicamente con moneda extranjera. (Contaba una
profesora universitaria retirada, que su pensión, una de las más
altas posibles, equivalía sólo a tres pesos de moneda
convertible.)
La obra de Caritas Cuba, de la Soberana Orden de Malta, y
la ayuda directa de diócesis, parroquias y personas de distintas
partes del mundo, hacen posible que día a día puedan comer miles
de personas.
En La Habana, hogares de ancianos atendidos por religiosas,
además de la formidable atención que dan a sus internos, ofrecen
atención médica, baño, lavandería, servicio dental y comida
caliente a los ancianos del barrio, y éstos se comprometen a
llevar una cantina a otros que están impedidos en sus casas
porque no pueden caminar.
En las comunidades religiosas al servicio de la caridad encontré
un quehacer que día a día trabaja para reaccionar ante las
mayores dificultades con alegría y confianza; callados
servidores que, sin aspavientos de ninguna clase, saben vivir
inmersos en el constante milagro de la Providencia.
Las obras sociales de la Iglesia cubana se empinan contra viento
y marea para dar un sereno testimonio de lo mejor del Evangelio.
Del misterioso cajón de los milagros, la Iglesia cubana ha
sacado magníficas bibliotecas diocesanas, abiertas a todo aquel
que quiera venir a consultarlas; con enorme dificultad han
podido reunir una notable colección de libros y revistas
(incluida La Voz Católica, de la Arquidiócesis de Miami),
que dan un excelente servicio a estudiantes y estudiosos, que
así tienen la oportunidad de asomarse un poco a nuevas y
diferentes realidades.
Viajar a Cuba es siempre saltar a una realidad que sorprende a
cada momento; antes de comenzar la solemne Eucaristía celebrada
al aire libre en la Plaza de la Catedral de La Habana, comentaba
yo la posibilidad de que la lluvia estropeara la noche. “No, no
va a llover”, me contestaron. “¿Lo dijo el Observatorio?”,
pregunté. “No, lo acabo de ver en el canal 41 de Miami”.
En todas partes pude ver la creciente presencia de una
generación joven que ha optado por la fe y participa activamente
en organizaciones y organismos diocesanos, en actividades
misioneras y en la vida de parroquias, capillas y casas de
oración. Invitado por el obispo, viajé a la diócesis de Santa
Clara para asistir a la solemne celebración eucarística
conmemorativa y a la bendición-inauguración del hermoso
monumento que se levanta en el sitio donde Juan Pablo II celebró
su primera Misa en suelo cubano.
La construcción del monumento, un generoso regalo de la
Secretaría de Estado de la Santa Sede, fue una auténtica prueba
de fuego para el obispo y para la Iglesia local. La estatua del
papa peregrino, todavía sin terminar, se ha convertido en un
lugar de peregrinación popular, adonde la gente acude y adonde
las novias, espontáneamente, llevan los ramos de flores de sus
bodas.
Como si fuera lo más natural del mundo, monjas y catequistas
llegaban con grupos de niños y niñas de la catequesis, para
participar en la gran celebración del 23 de febrero en el campo
deportivo de Santa Clara. Una religiosa me contaba que eran los
mismos niños, convertidos en misioneros, los que invitaban a
otros de su barrio para que participaran de la enseñanza de la
fe cristiana.
A mi regreso a Miami he escuchado otros ecos muy diferentes,
nacidos probablemente de otras miradas y de una muy diversa
forma de ver y acentuar la realidad. Me ha venido a la mente la
anécdota de una monja muy amiga mía, que entró al convento, en
contra de la voluntad de su madre. A los pocos meses de iniciar
su noviciado, recibió de ella una primera y escueta carta: “Mira
cómo se le ha puesto la cabeza a tu madre”, y, para mostrar lo
que debía ser el fruto de sus sufrimientos, la señora le enviaba
un blanco mechón de cabellos atado con una cinta. Asustada y
preocupada, la novicia le escribió a su hermana preguntándole
qué le había pasado a su madre. La respuesta la tranquilizó: “No
hagas caso, mamá se sacó todas las canas que tenía regadas en la
cabeza y te las envió todas juntas”.
Las canas eran verdaderas, pero la impresión totalmente falsa.
Casi a punto de tomar el avión de regreso a Roma, el Papa Juan
Pablo II, el Grande, improvisaba y profetizaba después de la
lluvia de esa noche: Rorate coeli desuper et nubes pluan
iustum (“Que los cielos destilen rocío y que las nubes
envíen al Justo”), y concluía: “Quiero expresar mis votos para
que esta lluvia sea un signo bueno de un nuevo Adviento en
vuestra historia”.
Diez años han pasado desde entonces y muchos retos ha tenido que
enfrentar la Iglesia cubana en este largo Adviento que le ha
tocado vivir y celebrar desde la pobreza y la esperanza. Ha sido
vivir de sol a sol un enorme desafío pastoral que impone crear
constantemente nuevas avenidas al Evangelio, en una tierra donde
nadie sabe qué va a pasar mañana. Algo tan simple y tan
complejo, que únicamente se puede ver y entender cuando anidan
en el corazón la gracia y la luz del Evangelio.
Director asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
rzelada@theadom.org
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