El cajón de los milagros

 Rogelio Zelada

Los judíos del tiempo de Jesús imaginaban al cuerpo humano como una casa donde el ojo no sólo era la ventana por la que podía entrar la luz, sino la lámpara que permitía reconocer todos los rincones de la habitación interior, porque pensaban que la luz exterior y la interior se correspondían y estaban mutuamente condicionadas.

Relacionaban el poder ver, con la zona del pensamiento emotivo; el espacio donde funciona la voluntad, el discernimiento, la capacidad de juicio y el sentimiento. El ojo aparece como el motor de una actividad que conecta la vista con el corazón y gracias a eso el ser humano puede entender, valorar, elegir y amar.

A la luz de la fe, la mirada se vuelve filtro de esperanza para juzgar, desde el Evangelio, la pobre, simple y humana realidad. Para Jesús, cuando el ojo conecta con el corazón, enciende una extraordinaria fuente de luz que permite leer de manera única toda realidad y todo acontecer humano. Así se entiende mejor el por qué de la gran pregunta que asombra a todos en el sermón del juicio final: “¿Señor, cuándo te vimos…?”

 Sobre la fachada del Obispado de Santa Clara, la bandera cubana ondea junto a un retrato del Papa Benedicto XVI. Cortesía de Rogelio Zelada

Casi de milagro y sin haberlo preparado mucho, pude viajar a Cuba para celebrar los diez años de la visita de Su Santidad Juan Pablo II a la isla.

Lo primero que pude ver fue un episcopado querido y mimado por los laicos. Padres-obispos muy cercanos a un pueblo que los trata con afecto y respeto; que los conoce y saluda con familiaridad.

Preocupada por los pobres, que son muchos y muy desvalidos, la Iglesia, a lo largo de toda la isla y con las mayores dificultades imaginables, hace funcionar de milagro cientos de comedores para los ancianos que no tienen ningún familiar que les apoye económicamente con moneda extranjera. (Contaba una profesora universitaria retirada, que su pensión, una de las más altas posibles, equivalía sólo a tres pesos de moneda convertible.)

La obra de Caritas Cuba, de la Soberana Orden de Malta, y la ayuda directa de diócesis, parroquias y personas de distintas partes del mundo, hacen posible que día a día puedan comer miles de personas.

En La Habana, hogares de ancianos atendidos por religiosas, además de la formidable atención que dan a sus internos, ofrecen atención médica, baño, lavandería, servicio dental y comida caliente a los ancianos del barrio, y éstos se comprometen a llevar una cantina a otros que están impedidos en sus casas porque no pueden caminar.

En las comunidades religiosas al servicio de la caridad encontré un quehacer que día a día trabaja para reaccionar ante las mayores dificultades con alegría y confianza; callados servidores que, sin aspavientos de ninguna clase, saben vivir inmersos en el constante milagro de la Providencia.

Las obras sociales de la Iglesia cubana se empinan contra viento y marea para dar un sereno testimonio de lo mejor del Evangelio.

Del misterioso cajón de los milagros, la Iglesia cubana ha sacado magníficas bibliotecas diocesanas, abiertas a todo aquel que quiera venir a consultarlas; con enorme dificultad han podido reunir una notable colección de libros y revistas (incluida La Voz Católica, de la Arquidiócesis de Miami), que dan un excelente servicio a estudiantes y estudiosos, que así tienen la oportunidad de asomarse un poco a nuevas y diferentes realidades.

Viajar a Cuba es siempre saltar a una realidad que sorprende a cada momento; antes de comenzar la solemne Eucaristía celebrada al aire libre en la Plaza de la Catedral de La Habana, comentaba yo la posibilidad de que la lluvia estropeara la noche. “No, no va a llover”, me contestaron. “¿Lo dijo el Observatorio?”, pregunté. “No, lo acabo de ver en el canal 41 de Miami”.

En todas partes pude ver la creciente presencia de una generación joven que ha optado por la fe y participa activamente en organizaciones y organismos diocesanos, en actividades misioneras y en la vida de parroquias, capillas y casas de oración. Invitado por el obispo, viajé a la diócesis de Santa Clara para asistir a la solemne celebración eucarística conmemorativa y a la bendición-inauguración del hermoso monumento que se levanta en el sitio donde Juan Pablo II celebró su primera Misa en suelo cubano.

La construcción del monumento, un generoso regalo de la Secretaría de Estado de la Santa Sede, fue una auténtica prueba de fuego para el obispo y para la Iglesia local. La estatua del papa peregrino, todavía sin terminar, se ha convertido en un lugar de peregrinación popular, adonde la gente acude y adonde las novias, espontáneamente, llevan los ramos de flores de sus bodas.

Como si fuera lo más natural del mundo, monjas y catequistas llegaban con grupos de niños y niñas de la catequesis, para participar en la gran celebración del 23 de febrero en el campo deportivo de Santa Clara. Una religiosa me contaba que eran los mismos niños, convertidos en misioneros, los que invitaban a otros de su barrio para que participaran de la enseñanza de la fe cristiana.

A mi regreso a Miami he escuchado otros ecos muy diferentes, nacidos probablemente de otras miradas y de una muy diversa forma de ver y acentuar la realidad. Me ha venido a la mente la anécdota de una monja muy amiga mía, que entró al convento, en contra de la voluntad de su madre. A los pocos meses de iniciar su noviciado, recibió de ella una primera y escueta carta: “Mira cómo se le ha puesto la cabeza a tu madre”, y, para mostrar lo que debía ser el fruto de sus sufrimientos, la señora le enviaba un blanco mechón de cabellos atado con una cinta. Asustada y preocupada, la novicia le escribió a su hermana preguntándole qué le había pasado a su madre. La respuesta la tranquilizó: “No hagas caso, mamá se sacó todas las canas que tenía regadas en la cabeza y te las envió todas juntas”.

Las canas eran verdaderas, pero la impresión totalmente falsa.

Casi a punto de tomar el avión de regreso a Roma, el Papa Juan Pablo II, el Grande, improvisaba y profetizaba después de la lluvia de esa noche: Rorate coeli desuper et nubes pluan iustum (“Que los cielos destilen rocío y que las nubes envíen al Justo”), y concluía: “Quiero expresar mis votos para que esta lluvia sea un signo bueno de un nuevo Adviento en vuestra historia”.

Diez años han pasado desde entonces y muchos retos ha tenido que enfrentar la Iglesia cubana en este largo Adviento que le ha tocado vivir y celebrar desde la pobreza y la esperanza. Ha sido vivir de sol a sol un enorme desafío pastoral que impone crear constantemente nuevas avenidas al Evangelio, en una tierra donde nadie sabe qué va a pasar mañana. Algo tan simple y tan complejo, que únicamente se puede ver y entender cuando anidan en el corazón la gracia y la luz del Evangelio.

Director asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
rzelada@theadom.org