El riesgo de la Iglesia en Estados Unidos

 José Rodelgo-Bueno

Vivimos en un país donde se utiliza la denuncia muy frecuentemente: se denuncia al jefe, al empleado, al vecino, al gobierno y también a la escuela. En el ámbito educativo la situación es grave. Un niño que desgraciadamente se rompe una pierna en una excursión, puede arruinar la carrera de un maestro y dañar las finanzas de la escuela. Por otro lado, hoy en día se considera predator a todo maestro que quiera hablar con un alumno fuera de clase de asuntos distintos de la materia que imparte. La facilidad con la que los padres denuncian a las escuelas y a los maestros hace que éstos sean extremadamente cautelosos.

Para la Iglesia, la situación es todavía mucho peor porque, debido a todo lo anterior y debido a los escándalos de abusos sexuales, todas las diócesis de los Estados Unidos han establecido rigurosas normativas que complementan las legislaciones estatales y municipales en la materia. Además, los sacerdotes, religiosos, catequistas y maestros, tienen miedo, y ya no se quieren arriesgar a proponer y testimoniar la fe de un modo directo a los jóvenes. Éste es uno de los motivos por los que muchas escuelas católicas están perdiendo su identidad. Las normas y el miedo hacen difícil aquello que, sin embargo, es imprescindible para la Iglesia: la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Es precisamente a través de la relación directa, por medio de testimonios, retiros y relaciones personales, como se es más efectivo en la transmisión de la fe. Como dice el Papa Benedicto XVI, “el testigo de Cristo no transmite solamente información, sino que está personalmente implicado con la verdad que Cristo propone, y se convierte en un punto de referencia del que depender”.

El riesgo es reducir la propuesta cristiana a valores éticos, sentimientos, formación teológica o trabajo social. Ese cristianismo no es capaz de superar los problemas de la vida o interesar a los jóvenes y, además, pierde lo mejor de sí mismo: Cristo. Por este motivo hace falta, por un lado, no subestimar el peligro que corre la Iglesia y, por el otro, hacen falta educadores que asuman el riesgo de ser verdaderos amigos de los jóvenes, es decir, testigos de una fe íntegra. Para profundizar en este diálogo es interesante leer el libro de Luigi Giussani, Educar es un riesgo.

Doctor en economía.
Departamento de Escuelas de la Arquidiócesis de Miami.