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Cinco décadas cantando sin música (II)
Según San Agustín, cuando cantamos oramos dos veces, y yo, como
todos, lo experimento así en nuestra liturgia.
Siempre me han gustado la música, el canto y la poesía, porque
ellos me llevan a Dios. Disfruto mucho cuando una persona que
tiene este don lo ejerce, y siempre he lamentado no poder
hacerlo yo. Me esforcé en la época del seminario en las clases
de música y, en particular, tanto como mis compañeros lo hacían.
Soñaba con cantar y hacer cantar a los fieles al buen Dios. Pude
leer bastante la música como los demás, pero cada vez que
cantaba, todos se daban cuenta de que yo no podía entonar las
notas. No era capaz de distinguir el Do del Re. Comprendí que
era imposible y decidí no continuar haciendo inútiles esfuerzos.
Alguna vez me atreví a preguntar al Señor por qué no me había
dado el don que otros tenían, y que yo no podía disfrutar
conmigo mismo. También me gustaba leer poesías y admiraba al
poeta que en tan pocas palabras puede decir tanto y tan lindo.
Yo, cuando escribo, tengo que escribir mucho para exponer pocas
ideas, y no queda al fin tan bonito.
Durante las clases de Sagrada Escritura en el seminario me
interesaron mucho los Salmos, y descubrí en ellos la belleza de
la poesía lírica de Israel: un pueblo campesino que supo
expresar verdades eternas en imágenes tomadas de la misma
naturaleza, donde aparecen frecuentemente la tierra y el
firmamento: el sol, la luna y las estrellas, y el mar, las aguas
y las fuentes; en fin, la obra del gran Creador. Mi origen
campesino me hizo saborear los Salmos desde los primeros días en
la Biblia de Jerusalén, que salía a la luz entonces. El buen
profesor, que acababa de llegar de Tierra Santa, nos hacía
apreciar el valor de la poesía lírica de aquel pueblo escogido
por Dios y que, bajo Su inspiración, entregaba al mundo el
mensaje de salvación en poesía y en cantos.
Nos hacía distinguir los géneros literarios de los 150 Salmos
que nos servirían como súplicas, himnos o acción de gracias para
alabar al Señor en nuestro trabajo pastoral. Lo que nunca pensé
es que aquellos cánticos pudieran penetrar tan dentro de
nosotros y hacernos vibrar de tal manera que, al orar con ellos,
verdaderamente cantamos sin música.
Después de haber pasado 50 años, no recuerdo mucho los detalles
de mi ordenación de subdiácono, que recibí el 29 de junio de
1958 de manos del Cardenal Legé; lo que sí no he olvidado es que
recibía de manos de la Iglesia la encomienda de orar con ella y
por ella con la Liturgia de las Horas todos los días de mi vida.
Aquel día se me encomendaba “El Cántico de Alabanza” que, como
dijera Paulo VI, resuena desde este destierro por el que estamos
caminando hasta las moradas eternas. Recuerdo que el director
espiritual me dijo: “Traduce los Salmos del latín, para que
puedas entenderlos mejor, y haz que entren en tu memoria y en tu
corazón, de tal manera que al orar lleguen a brotar de tu alma
como algo muy tuyo”. Ciertamente, él no soñaba entonces que,
años más tarde, los rezaríamos en nuestras propias lenguas sin
tener que traducirlos.
Juan Pablo II, al comenzar el tercer milenio, dedicó las
catequesis semanales a comentar, a la luz de los estudios
bíblicos más recientes y de los Padres de la Iglesia, los Salmos
de Laudes y de Vísperas, dejándonos un precioso regalo
espiritual que he aprovechado mucho el pasado año con Laudes, y
comenzaré este año con Vísperas. Así, cuidadosamente, recorre el
Papa todo el mes litúrgico.
He visto siempre el Salterio como un lindo jardín florido y
oloroso, donde la Santa Iglesia ha penetrado como un florista y
escogido las flores, presentándolas en un ramillete
artísticamente confeccionado, que es la Liturgia de las Horas.
Lo sorprendente es que, al recitarlas cada día como la expresión
del alma del pueblo de Dios en la antigua Alianza, se convierten
hoy también, como ayer, en expresión sentida en toda clase de
circunstancias, ya sean éstas públicas o privadas, alegres o
tristes, en tiempos de fracaso o de triunfo en nuestros pueblos.
Al leer las noticias en el periódico u oírlas en los medios de
comunicación cada día, y conocer las situaciones difíciles de
los hombres, mis hermanos en el mundo, se podría pensar, sean
buenas o malas las noticias, que al recitar los Salmos en las
distintas partes de la Liturgia de las Horas, los hechos leídos
se integran y nos hacen solidarizarnos con los hermanos, desde
lejos en distancia, pero también desde muy cerca en el misterio
de la Comunión de los Santos: “Ya que el gozo y la esperanza,
las lágrimas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo
de los pobres y de toda clase de afligidos, son también el gozo
y la esperanza, lágrimas y angustias de los discípulos de
Cristo, y nada hay de verdaderamente humano que no tenga
resonancia en Su corazón”, al recitar los Salmos en la Liturgia
de las Horas.
El sacerdote, aunque no se conozca por la gran mayoría, es el
confidente que guarda los secretos de los hombres, que como un
hermano tiene que escuchar para consolar al que sufre. El alma
del sacerdote, como discípulo de Cristo, es como una esponja que
recoge en el silencio el dolor de sus hermanos, y el rezo de los
Salmos en la Liturgia de las Horas, tan bien distribuidos
durante el día, es la mejor manera de poder desahogar y rogar
por todos los que le piden que interceda. ¡Cuántas lágrimas seca
el sacerdote durante la jornada que va presentando a Aquel que
puede, no sólo escuchar, sino responder favorablemente!
Lamentablemente, sufro muchas distracciones que me hacen releer
lo que tengo frente a mí, porque, aunque despierto muchas veces,
tengo momentos como dormidos y, peor aún, hasta soñando en otras
cosas; pero he podido descubrir que la belleza del Salterio, su
riqueza y el vigor de sus imágenes, la ternura, la pasión y la
religiosidad de estos poemas cargados de unción y lirismo, nos
hacen despertar frente a los problemas que cada día nos agobian
a todos. Me ayuda mucho la antífona que, seleccionada por la
Iglesia y sacada de una frase del cántico, preside y cierra el
Salmo y resume el contenido del mismo. Las antífonas son como la
cadena del rosario, que presenta las cuentas organizadas
evitando el reguero, y que muchas veces nos sirven de
jaculatoria durante el día.
De nuevo mi origen campesino me hace saborear el mensaje divino
tan bien expresado en sus imágenes: el sol y la luna que
iluminan, el levantarse como las aves; el cuerno como símbolo de
fuerza me hace recordar el aporte de los bueyes en la finca en
que nací; la cuerda como expresión de herencia para los que
trasladaban el ganado a lugar seguro; el óleo perfumado, tan
común en las flores silvestres. Sin embargo, a algunos he oído
quejarse, por ver en los Salmos al hombre que aún no había
descubierto el más allá y que se lamentaba de la oscuridad de la
muerte en una vida pasiva y lánguida, como sombras en un lugar
desconocido llamado Séol. Yo les comprendo, pero a mí me
hacen pensar en tantos hombres, aún hoy, que peregrinan por este
mundo en la oscuridad del desconocimiento, buscando el cielo
prometido por Cristo, y necesitan encontrarlo. Esto me hace orar
por los misioneros que trabajan en la evangelización de los
pueblos, para que puedan llegar a ellos e iluminarlos con la luz
de la Buena Nueva.
Tenemos que recitar los Salmos, hoy, a la luz del mensaje de
Cristo. El Antiguo Testamento y los Salmos, que forman parte del
mismo, me parece deben leerse como si fueran una semilla donde
está todo escondido, y que llega a su plenitud en el árbol del
Nuevo Testamento. San Agustín lo decía en latín de modo
admirable: Novum in vetere latet. Vetus in novo patet. La
traducción inglesa tiene al final de cada Salmo la oración
sálmica, la cual, con la luz del Evangelio, le da sabor, como el
azúcar al penetrar en el café.
Al orar con los Salmos pienso que el Señor no me dio el don de
la poesía. Pero Él, Poeta Divino, me pone sus poesías en mi
lengua para que le hable con ellas a Él.
Obispo Auxiliar Emérito de Miami.
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