La Liturgia de las Horas: Tesoro de la Iglesia

 

 Rogelio Zelada

“Alabaré tu nombre… cuando la luz sale de su habitación para recorrer el camino del día… y cuando va a su ocaso y se oscurece, al comenzar la hora de las tinieblas”. Esta cita del Libro de Himnos de la comunidad de Qumran recoge la tradición de Israel de que “dos veces al día, en su comienzo y cuando se van a acostar, deben manifestar su gratitud a Dios” (Flavio Josefo).

Fieles a sus raíces judías, los cristianos de la primera generación acudirán a la oración del templo y a la sinagoga, pero lo harán en nombre de Cristo, invocándolo como Señor y mediador; así, el rezo de los Salmos será rápidamente cristologizado, y en la voz del salmista resonará unas veces la voz de la Iglesia, que dirige las alabanzas y las súplicas de los salmos a su Señor Resucitado, y otras la misma voz de Cristo, que clama o alaba a su Padre de los Cielos.

La comunidad creyente entiende que el Dios de la revelación de la vieja Alianza es el mismo Señor al que ahora se dirige invocándolo como “Padre nuestro”.

Junto con los Salmos, la oración diaria se va enriqueciendo poco a poco con hermosas composiciones, antífonas, aclamaciones, himnos y salmos cristianos llenos de poesía y contenido teológico. Algunos de éstos aparecerán en los Evangelios, en los escritos paulinos, en las cartas de Pedro o en el Apocalipsis.

Los cristianos de la generación apostólica siguieron fielmente la recomendación de su Maestro de perseverar en la oración. Una oración animada por el Espíritu, unida a la misión y centrada en torno al Señor Jesús.

Poco a poco, esta actitud de oración va dando paso a estructuras de oración que se irán desarrollando a lo largo de los siglos.

Tertuliano, a finales del siglo II, considera como obligatoria la oración que se hace al salir el sol y al caer la tarde; y como recomendables las oraciones de Tercia, Sexta y Nona, porque son como una forma de dedicar a Dios todo el día.

Ya hacia el siglo IV, con el monacato y la aparición de las “Constituciones Apostólicas”, la Liturgia de las Horas habrá adquirido un uso litúrgico y un formato ya consolidado.

La Liturgia de las Horas fue a partir de entonces oración de la Iglesia local, presidida por el obispo o por el presbítero, que buscaba santificar el día, la semana y el año.

Para San Benito, la Liturgia de las Horas es opus Dei, la “obra de Dios” que, al repartir los tiempos de oración a lo largo de distintos momentos del día, orienta toda actividad de la Iglesia hacia la realización del ideal de orar constantemente.

Lo que atañía a toda la comunidad cristiana pasará a ser, a partir de la Edad Media, oficio de canónigos y de monjes clérigos.

Es la época en que el latín empieza a ser cada vez menos entendido por los fieles, que para poder rezar el Oficio Divino debían conocer de memoria los 150 salmos del Salterio o poseer libros, entonces sumamente costosos e inaccesibles para los iletrados, que eran la gran mayoría de los laicos. Así, el rezo de las Horas quedó reservado a monjes, canónigos, clérigos y beneficiados, y prácticamente confinado en monasterios, abadías, catedrales y conventos.

Habrá que esperar al siglo XX y a la gran reforma del Concilio Vaticano II, que suprimió las dificultades prácticas que alejaban a los fieles de la celebración diaria de la Liturgia de las Horas, nuevamente recomendada a partir de entonces como “la oración de todo el pueblo cristiano”.

La forma actual de la Liturgia de las Horas pone su acento en las llamadas “Horas mayores” –Laudes y Vísperas–, para las que se han seleccionado los salmos más significativos y los elementos más ricos. Esta oración de la mañana y de la tarde culmina con el rezo de “Completas”, de un carácter casi privado y que recuerda la oración de los monjes en su dormitorio antes de acostarse.

Todas las Horas del Oficio comienzan con un versículo introductorio en el que, al amanecer, se pide al Señor que nos abra los labios y, al atardecer, que venga en nuestro auxilio.

Al rezo de salmos e himnos se añaden algunos cánticos tomados del Antiguo y del Nuevo Testamento, y cada salmo tiene antífona propia, según el tiempo litúrgico en el que estemos situados.

El rezo de cada una de las Horas termina con una corta lectura bíblica, un breve responsorio, un cántico evangélico, las preces, el Padre Nuestro, la oración final y la conclusión del Oficio.

Junto con el rezo de las Horas, la Iglesia ha conservado el Oficio de Lecturas, que completa el ciclo presentado por la Misa diaria con hermosos escritos, fruto de importantes autores espirituales, y, en la celebración de la fiesta de los santos, con una segunda lectura acerca de la vida de éstos.

Al igual que el rezo de las Horas, el Oficio de Lecturas contiene una invitación a la oración y a la alabanza y el rezo de salmos, antífonas y versículos propios.

El Papa Pablo VI, al reformar la Liturgia de las Horas, buscaba “hacer rezar mejor a todo el pueblo de Dios”. Deseaba el papa que “la Liturgia de las Horas penetre, anime y oriente a toda la oración cristiana”. Una celebración con calidad e interiorización que, pública o privadamente, se convierta en una experiencia apacible marcada por el silencio sagrado, para “meditar y saborear lo que acaba de ser leído, cantado o dicho”.

Es una invitación a adoptar la oración de la Iglesia y constituir “un solo corazón y una sola alma con los hermanos” dispersos por toda la geografía de la fe. Porque “el que ora con la Iglesia rehace constantemente el camino de Jesús y revive con los apóstoles y los santos todas las épocas de la historia de la Iglesia”.

Director asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
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